Sanación

Elegir de nuevo: el perdón de setenta veces siete

El perdón no es un acto único ni lineal. Es una elección que hacemos una y otra vez, cada vez que el dolor regresa. Explorar el perdón desde la tanatología nos revela que sanar no significa olvidar, sino aprender a cargar la historia con más ligereza.

5 min de lecturaSanación

El perdón que nadie nos enseñó

Cuando alguien nos lastima profundamente, la respuesta cultural más común es una de dos: olvidar y seguir adelante, o guardar el rencor como escudo. Ninguna de las dos nos sana. La primera niega el dolor; la segunda nos encadena a él.

En la tradición espiritual cristiana existe una imagen poderosa: perdonar setenta veces siete. No es una instrucción matemática. Es una invitación a comprender que el perdón no ocurre una sola vez, sino que se elige repetidamente, cada vez que el recuerdo duele, cada vez que la herida se abre de nuevo.

Desde la tanatología, entendemos el perdón como un proceso de duelo. Perdonar implica soltar una versión de la realidad que esperábamos: que esa persona nos tratara diferente, que las cosas hubieran sido distintas, que el daño no hubiera ocurrido. Ese duelo tiene sus propias etapas, y merece ser acompañado con la misma seriedad que cualquier pérdida.

Perdonar no es olvidar

Uno de los malentendidos más dañinos sobre el perdón es creer que perdonar significa actuar como si nada hubiera pasado. Eso no es perdón: es disociación. El perdón genuino reconoce el daño en toda su magnitud y, aun así, elige no dejar que ese daño defina el presente. La memoria permanece; lo que cambia es la relación emocional con ella.

Perdonar no es reconciliarse

Perdonar a alguien no implica volver a tener contacto con esa persona, ni restablecer la relación como si nada. Hay personas a quienes podemos perdonar internamente y, al mismo tiempo, mantener a distancia por nuestra propia salud. El perdón es un acto interior; la reconciliación es una decisión relacional que requiere condiciones distintas y no siempre es posible ni deseable.

El rencor como duelo no resuelto

Cuando no podemos perdonar, generalmente es porque el duelo subyacente no ha sido procesado. El rencor es dolor que no encontró salida. No es una falla moral; es una señal de que algo en nosotros sigue esperando justicia, reconocimiento o reparación. Antes de exigirnos perdonar, vale la pena preguntarnos: ¿qué es lo que realmente estoy llorando aquí?

Perdonarse a uno mismo

La dimensión más difícil del perdón suele ser la interna. Cargamos con culpas por decisiones pasadas, por no haber visto lo que no podíamos ver, por haber actuado desde el miedo o la ignorancia. Perdonarse a uno mismo requiere la misma compasión que ofreceríamos a un amigo querido que cometió el mismo error. Somos humanos antes que perfectos.

Elegir de nuevo

El perdón de setenta veces siete nos recuerda que no se trata de un momento heroico, sino de una práctica cotidiana. Habrá días en que el rencor regrese, en que el dolor se sienta tan fresco como el primer día. Esos días no significan que fallamos en perdonar. Significan que somos humanos, y que elegir de nuevo es precisamente el camino.

Sanar con lo que somos

En mi trabajo acompañando procesos de duelo, he visto cómo el perdón —tanto hacia otros como hacia uno mismo— es frecuentemente el umbral que separa el estancamiento de la transformación. No porque sea fácil, sino porque es el acto más profundo de recuperar la propia vida.

No hay un camino único ni un tiempo correcto para perdonar. Hay personas que tardan años; hay quienes nunca llegan a un perdón completo y aun así encuentran paz. Lo importante no es la meta, sino la dirección: moverse hacia la ligereza, aunque sea un milímetro a la vez.

Si estás cargando una herida que sientes que no puedes soltar, no tienes que hacerlo solo. El acompañamiento tanatológico puede ser ese espacio donde el dolor tiene permiso de existir, y donde el perdón puede comenzar a gestarse sin prisa y sin presión.

Volver al blog